EL PRINCIPIO DEL MILAGRO

Un día vinieron a mi casa cinco personas: Un señor mayor, alto, grueso, con apariencia elegante y canas muy bien peinadas. Parecía un marqués, de esos que describen en los cuentos infantiles. Venía con dos jóvenes que no significaron nada especial cuando los vi, y dos señoras. Una parecía la esposa del hombre mayor, y la otra tal vez era su amiga o la madre de alguno de los dos jóvenes. Querían ver a mi hermano por no recuerdo qué asunto, y estaban dispuestos a esperarlo porque él no había llegado. Yo me dedicaba a la decoración de interiores, y estaba escogiendo algunas telas para unas cortinas. Eran telas gruesas, en tonos grises y verdeazulados. Los tres hombres se sentaron en el sofá, una de las mujeres en uno de los sillones de la sala, y la otra en una pequeña silla complementaria. Yo no sabía qué hacer mientras llegaba mi hermano, así que les enseñé algo de lo que hacía, intentando que pasaran un rato agradable mientras entablábamos conversación. El señor mayor no parecía interesado en nada, y quienes lo acompañaban parecía que querían integrarse a mi actitud alegre y participar positivamente, pero algo los frenaba y se contenían para someterse a la autoridad de quien exultaba desagrado y amargura. Yo ya empezaba a ver que aquello no podía ocurrir en mi casa, así que fui a la cocina y les preparé algo de comer. El señor mayor preguntó en un tono un poco grosero: Nos va a dar algo de almorzar? Su hermano no viene. Yo le dije: Si, claro, con mucho gusto, les daré algo Y les llevé unas papas en salsa que la verdad me habían quedado bastante buenas. Les ofrecí el aperitivo en una bandeja, y platos y cubiertos para que se sirvieran. El marqués, que para mí ya lo era por su apariencia y actitud, tomó una de las patatas y la puso justo a su lado, sobre el brazo del sofá tapizado en tono crudo, fácilmente ensuciable, Yo me quedé pasmado, pero reaccioné sonriente y simplemente le retiré la papa y le dije: Ya le traigo otra cosa más digna de usted. Fui a la cocina, serví unas coca colas con hielo y unas patatas fritas en bolsitas de papel, como esas que le sirven a uno en los Mc Donalds, y se las serví con gusto mientras pensaba para mis adentros. Esto es lo apropiado: La comida informal. Porque comprendí que aunque el personaje viniera mentalmente acompañado de su linaje y de lo importantes que fueron sus ancestros, realmente estaba solo y desnudo, exponiendo sus complejos. Me dio lástima, pero al mismo tiempo quise enseñarle que compartíamos el mismo linaje, el de ser hijos de Dios, que es más que suficiente, y en el que se comparte la vida con alegría. Una vez que terminaron de comerse lo que les había servido, y en vista de que mi hermano nunca llegó, simplemente les di las gracias por haber venido y los invité a que lo contactaran en otro momento. Cuando salieron ya no aprecié al marqués que vi llegar, sino al mendigo que llevaban a rastras sus parientes hasta que encontrara la felicidad. Y pensé: Seguro que una coca cola con papas ha sido el principio del milagro.

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