LA ALEGRÍA DE LA MISA

Yo creo que cuando Jesús invitó a los apóstoles a la última cena lo hizo con tanta alegría, que los apóstoles se contagiaron y fueron felices a buscar el gran salón ya preparado para la ocasión. Jesús quería celebrar la mayor fiesta posible, y en el mejor sitio de la ciudad, porque iba a transmitirles que los esperaba en el cielo, y que mientras tanto los iba a acompañar fundido en ellos con su cuerpo y con su sangre. Era la fiesta de la esperanza que daba sentido a todo el paso de Jesús por la tierra. A mi modo de ver, uno de los pasajes del Evangelio que podrían ser suficientes como regalos de Dios junto con el momento en el que instruyó a los apóstoles para que fueran en su nombre a perdonar los pecados, la donación de su Madre como nuestra madre, y la resurrección. Qué más queríamos!!. Nos daba todo. El perdón, su unión a nuestra vida, la compañía de su Madre y el Cielo. Todo lo que podía como Papá amoroso.

Por eso entiendo el lamento de Jesús cuando recién resucitado se hace el encontradizo con los apóstoles que van camino de Emaús, y ve que nada de lo que ha hecho ha servido porque ellos siguen pensando en la muerte de quien dijo que venía a salvarlos y no en su resurrección y en el cielo que les prometió. “Necios”, los llama. Qué decepción después de tanto sufrimiento. Pero no se rinde en su afán de mostrarles el camino al Cielo y con toda la paciencia vuelve y les explica las escrituras desde los profetas para que entendieran que había Él había venido como Mesías Salvador.

He querido escribir este texto porque realmente me entristece ver que más de 2.000 años después sigamos siendo esos mismos apóstoles tercos y cerrados de mente y de espíritu que viven una fe de tristeza, culpa y sufrimiento, celebrando las misas como un rito de lamentos y regaños y no la celebración de la alegría, el perdón y la proclamación de la esperanza. Qué más queremos que haga Dios?

Cuando hablo de la alegría en nuestras celebraciones no me refiero a gestos que distraen en ellas de la unión con Dios. No creo que se trate de estar dándonos abrazos, o bailando o viendo si el de al lado canta mejor que nosotros, o cogiéndonos de las manos con la idea de que todos como asamblea somos Dios y que es el momento de demostrar nuestro amor al prójimo cuando sabemos que debe ser en nuestra vida diaria. Por favor no más cantos medievales de lamentos, ni más cantos de parranda callejera que nada tienen que ver con la alabanza a Dios. No más séquitos de curas, monaguillos, diáconos, sacristanes, ministros y demás miembros que a manera de compañía de teatro parece que han convertido la celebración de la última cena en una función como le oí decir una vez a un sacerdote refiriéndose a la Misa que iba a celebrar: “Tengo función a las 6”. Por favor alabanza a Dios, y riqueza en los elementos para honrarlo, porque Dios merece todo el oro y las riquezas del mundo, pero no más ritos elegantes en los que parece que la única preocupación es mantener la pulcritud y no equivocarse para no estropear la ceremonia. Eso es propio de los fariseos. ¿No será que tantos miembros de esas ceremonias podrían estar predicando al mundo la alegría de estar con Dios y alabarlo con sus vidas?. Y me pregunto cuando veo todo esto: ¿No será que se pueden suprimir los seminarios como nidos de homosexualidad y convertir esos escenarios de vanidad, envidias y exhibición en una auténtica celebración de alegría y esperanza? Por favor respetemos a la Iglesia como Institución fundada por Dios para ser nuestra guía y soporte en el camino al cielo.

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